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Competir para crecer: el valor de las competencias artísticas y deportivas en niños y jóvenes

Participar en una competencia puede ser una experiencia transformadora para un niño o un joven. Más allá de una medalla, un trofeo o un resultado, prepararse para subir a un escenario y presentarse frente a un jurado implica aprender a asumir retos, trabajar con disciplina, perseverar ante las dificultades y confiar en el proceso.

En Adagio, arte y expresión, entendemos las competencias como una herramienta de formación. No son el objetivo final, sino una oportunidad para que nuestros estudiantes descubran de qué son capaces, aprendan a afrontar nuevos desafíos y desarrollen habilidades que trascienden la danza, el circo o cualquier otra disciplina artística o deportiva.

¿Qué aportan las competencias a niños y jóvenes?

Disciplina y constancia; llegar preparado a una competencia requiere mucho más que talento. Implica asistir a los entrenamientos, repetir movimientos, corregir errores, cuidar el cuerpo y mantener la concentración incluso cuando el proceso se vuelve exigente; los niños y jóvenes aprenden así que los resultados son, en gran medida, consecuencia de la constancia y del compromiso con un objetivo.

Manejo de los nervios y las emociones; estar frente a un público y un jurado puede generar nervios, ansiedad, entusiasmo e incluso miedo. Aprender a reconocer y gestionar esas emociones es parte fundamental de la experiencia; con el acompañamiento adecuado, una competencia se convierte en un espacio para aprender que sentir nervios no significa no estar preparado y que las emociones pueden canalizarse para estar presente, concentrarse y disfrutar de la experiencia.

Tolerancia a la frustración; no siempre el resultado coincide con las expectativas. Puede haber errores durante la presentación, una lesión, un cambio de último momento o simplemente una evaluación diferente a la que se esperaba; estas situaciones pueden convertirse en aprendizajes importantes: revisar lo ocurrido, identificar oportunidades de mejora y continuar adelante sin que un resultado puntual defina el valor del niño o del joven.

Confianza y autonomía; prepararse para una competencia permite que los estudiantes asuman progresivamente mayor responsabilidad sobre su proceso, aprenden a conocer sus fortalezas, identificar aquello que necesitan mejorar y reconocer el esfuerzo que han realizado. Con el tiempo, esto contribuye a desarrollar mayor seguridad y autonomía.

Trabajo en equipo; en las competencias grupales, cada integrante tiene una responsabilidad dentro de un resultado colectivo. Aprender a escuchar, respetar los tiempos de los demás, asumir responsabilidades y apoyar a los compañeros fortalece habilidades sociales fundamentales, incluso en las modalidades individuales existe un equipo detrás del deportista o artista: docentes, compañeros, familia y otros profesionales que acompañan su preparación.

Capacidad para recibir retroalimentación; una competencia también enseña a escuchar. La evaluación de un jurado puede mostrar aspectos que deben fortalecerse y otros que ya se han consolidado, aprender a recibir una observación sin interpretarla como una descalificación personal es una habilidad que puede acompañar a los jóvenes durante toda su vida académica, profesional y personal.

¿Cómo debemos manejar las competencias con niños y jóvenes?

El papel de los adultos es fundamental. La forma en que padres, docentes y entrenadores acompañan la experiencia puede hacer que una competencia sea una oportunidad de crecimiento o, por el contrario, convertirse en una fuente innecesaria de presión.

El proceso debe estar por encima del resultado; un resultado puede ser importante, pero no debería convertirse en la única medida del éxito. Preguntas como “¿Qué aprendiste?”, “¿Qué disfrutaste?”, “¿Qué fue difícil?” o “¿Qué te gustaría mejorar?” pueden generar conversaciones muy enriquecedoras.

Las expectativas deben ser acordes con la edad; no todos los niños tienen el mismo nivel de madurez, experiencia o capacidad para manejar la presión. Los objetivos deben construirse de acuerdo con la edad, el nivel técnico, la experiencia competitiva y las características individuales de cada estudiante. Competir debe representar un reto, pero no una carga que supere sus recursos emocionales o físicos.

Evitar comparar a los niños entre sí; cada estudiante tiene un proceso diferente. Compararlo constantemente con otro compañero puede generar inseguridad y hacer que pierda de vista sus propios avances. Una comparación más saludable es con su propio proceso: ¿qué podía hacer antes y qué puede hacer ahora?

El adulto debe acompañar, no competir a través del niño; a veces, sin intención, los adultos pueden trasladar sus propias expectativas al estudiante. La preocupación por el resultado, la clasificación o la posición obtenida puede terminar generando una presión que el niño no necesita. El logro pertenece al estudiante. El adulto está para acompañarlo, orientarlo y ayudarlo a interpretar la experiencia.

Cuidar el cuerpo también es parte del entrenamiento

En disciplinas artísticas y deportivas, especialmente aquellas que implican exigencia física, la preparación debe contemplar descanso, recuperación, alimentación adecuada, prevención de lesiones y acompañamiento profesional; entrenar más no siempre significa entrenar mejor. El objetivo debe ser construir procesos sostenibles que permitan al niño o joven desarrollarse sin poner en riesgo su bienestar.

Celebrar el esfuerzo y no solamente el resultado; una buena presentación, una corrección técnica que finalmente se logró, superar un miedo, mantener la concentración o atreverse a competir por primera vez son logros muy importantes; reconocer estos avances ayuda a construir una motivación más saludable y duradera.

Competir también es aprender a crecer.

Adagio, Arte y Expresión